¿Sabías que hace 15.000 años ya se adaptaba la caza a las estaciones en la Sierra de Guara?
Hace unos 15.000 años no había mapas, partes meteorológicos ni calendarios como los actuales. Pero quienes habitaban el Prepirineo aragonés conocían muy bien el territorio y los animales que lo recorrían.
Una nueva investigación sobre la cueva de Chaves, en Bastarás (Huesca), aporta evidencias de que los grupos cazadores-recolectores del Magdaleniense no cazaban cabras monteses de manera puramente oportunista. Adaptaban sus estrategias a los ciclos de los animales, a las estaciones y a las características de la Sierra de Guara.
Y buena parte de esta información ha permanecido durante miles de años guardada en un lugar sorprendente: los dientes de las cabras que cazaron.
Los dientes funcionan como un pequeño archivo del pasado
El estudio, publicado en la revista científica International Journal of Osteoarchaeology, se ha centrado en restos de cabra montés (Capra pyrenaica) procedentes de un nivel magdaleniense de la cueva de Chaves excavado entre las décadas de 1980 y 1990 bajo la dirección de Pilar Utrilla.
Para saber cuándo y cómo eran cazados estos animales, el equipo ha combinado diferentes técnicas.
Por una parte, estudiar los dientes permite aproximarse a la edad que tenía cada ejemplar cuando murió. Los perfiles analizados muestran una presencia especialmente importante de ejemplares juveniles avanzados y adultos jóvenes, mientras que no aparecen individuos recién nacidos.
Pero los investigadores han podido ir más allá gracias al análisis de isótopos estables de oxígeno y carbono conservados en el esmalte dental.
Durante la formación de los dientes quedan registradas señales relacionadas con el ambiente y la alimentación. Analizarlas permite obtener pistas sobre cuestiones que normalmente son difíciles de observar en un yacimiento arqueológico, como las variaciones estacionales, el periodo de nacimiento de los animales o sus posibles movimientos por el territorio.
La caza no se producía en cualquier momento del año
Al combinar toda esta información, los resultados son compatibles con episodios recurrentes de caza concentrados en determinados momentos del ciclo anual de las cabras monteses.
El estudio identifica una época de nacimiento relativamente restringida y señala que la caza habría tenido lugar después de este periodo, cuando los rebaños incluían animales de edades especialmente aprovechables para aquellas comunidades.
Esto no significa que podamos reconstruir un calendario de caza día por día. Sí aporta evidencias de que aquellos grupos conocían los ciclos naturales de sus presas y organizaban parte de su actividad teniendo en cuenta esos patrones.
La imagen que emerge es, por tanto, bastante diferente de la de unos cazadores que simplemente esperaban encontrarse con un animal.
Conocer la Sierra de Guara también era fundamental
La ubicación de la cueva de Chaves tenía mucho que ver con esta estrategia.
Los investigadores han estudiado también la accesibilidad del paisaje y la relación de la cueva con las zonas rocosas de la Sierra de Guara, un hábitat favorable para la cabra montés.
Chaves ocupaba una posición que facilitaba la conexión entre diferentes sectores de la sierra y permitía acceder a áreas relacionadas con los desplazamientos de estos animales. El estudio plantea además una posible movilidad estacional de corto alcance de las cabras a lo largo de diferentes altitudes.
Hace 15.000 años, por tanto, la Sierra de Guara ya era un territorio recorrido, conocido y aprovechado de manera recurrente por las comunidades humanas del Paleolítico.
Una colección arqueológica que sigue dando respuestas
Hay otra cuestión especialmente interesante en esta investigación: los materiales estudiados no proceden de una excavación reciente.
Los restos fueron recuperados hace décadas y continúan proporcionando información gracias a técnicas científicas que permiten formular preguntas que entonces eran mucho más difíciles de responder.
La cueva de Chaves fue un importante enclave prehistórico con ocupaciones correspondientes a diferentes periodos y el yacimiento fue destruido en 2007. Sin embargo, las colecciones arqueológicas conservadas permiten que continúe su investigación científica.
Es un ejemplo de por qué conservar y volver a estudiar el patrimonio arqueológico resulta tan importante: una pieza almacenada hoy puede contener información que todavía no sabemos cómo obtener.
En Aragón existen otros proyectos que muestran cómo las técnicas actuales permiten mirar de otra manera hacia nuestro pasado. En Aragón Investiga puedes conocer, por ejemplo, cómo se estudia el pasado a través de los huesos o las nuevas pistas obtenidas desde Zaragoza sobre los primeros humanos en Europa.
Una investigación internacional con participación aragonesa
El estudio ha sido desarrollado por investigadores de los Institutos Universitarios de Investigación en Ciencias Ambientales (IUCA) y en Patrimonio y Humanidades (IPH) de la Universidad de Zaragoza, junto con especialistas de la Universidad de Pisa y del Museo Nacional de Historia Natural de Francia.
La investigación forma parte del proyecto MagdaBucar: Estrategias cinegéticas de los cazadores-recolectores magdalenienses de Prepirineo central, financiado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses (IEA), y ha contado con el apoyo del Museo de Huesca.
Quince mil años después, unos dientes de cabra montés siguen contando historias. Y nos permiten conocer un poco mejor cómo las comunidades que recorrieron el actual Alto Aragón observaban la naturaleza, conocían la montaña y adaptaban su forma de vida a ella.
Fuentes principales: Universidad de Zaragoza e Instituto Universitario de Investigación en Ciencias Ambientales de Aragón (IUCA); Sierra, A. et al. (2026), International Journal of Osteoarchaeology, DOI 10.1002/oa.70154.