Irene Monroset, nacida en Fonz (Huesca) en 1912, fue una de las científicas aragonesas más relevantes del siglo XX y una pionera en el campo de la bioquímica y la investigación médica en España. Desde muy joven mostró una gran curiosidad por el funcionamiento del cuerpo humano y una vocación científica poco común entre las mujeres de su época. Su familia apoyó su formación, lo que le permitió acceder a estudios superiores en Farmacia en un contexto social en el que la presencia femenina en la universidad era todavía muy limitada.
Estudió Farmacia y posteriormente se especializó en análisis clínicos, un área en la que destacaría por su rigor y su capacidad investigadora. Su carrera profesional se desarrolló principalmente en Barcelona, donde trabajó en diversos laboratorios.
En el Laboratorio, Monroset comenzó a experimentar con las propiedades del mercurocromo. Su objetivo principal era crear un desinfectante que fuera eficaz, visible al aplicarse y, sobre todo, económico y accesible para la población de una España en crisis. El 1 de mayo de 1935, Irene Monroset registró formalmente la fórmula adaptada del compuesto acuñando el nombre comercial definitivo de Mercromina.
La obra de Irene Monroset se caracteriza por su contribución al desarrollo de métodos analíticos más fiables y por su labor formativa. Fue una profesional comprometida con la mejora de la salud pública y con la modernización de los laboratorios clínicos, impulsando prácticas que hoy consideramos básicas, pero que en su momento supusieron un avance significativo. Además, participó en la formación de nuevas generaciones de técnicos y especialistas, transmitiendo su pasión por la ciencia y su exigencia profesional.
Su trayectoria representa el esfuerzo de muchas mujeres que, a pesar de las dificultades sociales y académicas, lograron abrirse camino en el ámbito científico. Irene Monroset falleció en 1979, dejando un legado que hoy se reconoce como parte fundamental de la historia de la ciencia aragonesa. Su vida demuestra que la constancia, la vocación y el compromiso pueden transformar la realidad científica de un territorio y abrir puertas a quienes vendrán después.
